El multimillonario de 98 años, Sir Horacio Holmes, convocó a sus dos hijos, James y Arturo y a su hija Guinevere, para una charla de herencia en su finca «The Meadows». Jeeves, el mayordomo también estaba presente.
–Bienvenido hijos, les dejaré para ir al mundo paralelo dentro de un mes, así que he decidido dividir la herencia –anunció con una sonrisa paternal.
–Pero padre –protestaron los tres– todavía no eres tan viejo. Ciertamente pareces muy joven.
–Sí, de verdad, como todos ustedes saben, mis cinco ejercicios tibetanos mantienen mis chakras girando a la velocidad de un joven –se rió–. No hay necesidad de ser decrépito en la vejez. Como les he dicho a menudo, mi consejo es que se mantengan alejados de las recetas médicas, que tomen alimentos y medicinas naturales, que se ejerciten bien y que piensen como un jóven.
–No importa, he terminado lo que vine a aprender aquí y deseo seguir adelante para el desarrollo de mis capacidades hasta la próxima vez –declaró con firmeza Sir Holmes–. Les daré una semana de antelación para que puedan asistir a mi partida con una ceremonia de luz naranja y un incienso de sándalo.
James, Arturo y Guinevere asintieron con la cabeza, ya que habían aprendido desde hacía mucho tiempo que era inútil discutir con su padre.
–Muy bien –dijo Sir Holmes– sigamos.
–James, toma un tercio de las monedas de oro de la pila colocada sobre el escritorio. Cada moneda de oro representa mil millones de libras esterlinas. El sol repentinamente brillaba a través de la ventana y reflejaba sus rayos dorados en las monedas.
James contó las monedas de oro en la pila. –Padre –dijo– queda una moneda, así que no se puede dividir la pila en tres partes iguales.
–No importa, dale uno a Jeeves –se rió Sir Holmes.
James le dio una de las monedas de oro al sonriente Jeeves y quitó un tercio de las monedas de la pila.
–Ahora es tu turno, Arturo –dijo Sir Holmes.
Arturo contó las monedas restantes, encontrando una de más para dividir en tres partes. En ese mismo instante un cuervo voló por la ventana y cogió una moneda de oro en su pico y voló de nuevo antes de que alguien pudiera reaccionar.
–¡Cuervo malvado! –exclamó Jeeves, sacudiendo el puño en dirección a la ventana.
–Que cosa –dijo Arturo y agarró una tercera parte de las monedas restantes.
–Ahora es tu turno, Guinevere –dijo Sir Holmes.
Guinevere contó las monedas en la pila restante. –Había una de más para dividir entre tres –dijo Guinevere.
–Jeeves, date prisa y coge la moneda antes de que el cuervo lo haga –sonrió Sir Holmes. Jeeves no perdió un milisegundo.
Guinevere sacó una tercera parte de las monedas restantes de la pila.
–Ahora pueden dividir las monedas restantes por igual entre los tres para depositarlas en fideicomiso para tus hijos –dijo Sir Holmes.
James, Arturo y Guinevere recogieron una tercera parte cada uno para su descendencia, sin dejar monedas de oro detrás.
Jeeves hizo una reverencia a Sir Holmes. –Mi eterna gratitud a usted señor. Ahora, con su permiso, voy a buscar mi escopeta para cazar al cuervo –y se apresuró a salir por la puerta después de que Sir Holmes asintiera con la cabeza.
–Muchas gracias, querido padre –dijeron a la vez.
–Es un placer, vamos a almorzar –sonrió Sir Holmes y los acompañó a la puerta.
¿Cuál era el monto mínimo de la fortuna de Sir Holmes?